Clima-Ambiente

Cómo se forman los glaciares y las razones que aceleran su derretimiento

Desde los procesos que convierten nieve en hielo eterno hasta los factores que hoy los hacen retroceder a ritmos alarmantes, exploramos la vida y la fragilidad de estos gigantes de hielo que regulan el clima y los ríos de la Patagonia.

Publicado el 27 de julio de 2026, 21:15 hs

Los glaciares son mucho más que paisajes de postal. Son archivos vivos del clima del planeta, depósitos de agua dulce y reguladores clave de los ecosistemas que dependen de su lento deshielo. En la Argentina, los campos de hielo patagónicos representan la mayor reserva de hielo fuera de la Antártida y Groenlandia. Entender cómo nacen y por qué están desapareciendo no es solo curiosidad científica: es clave para dimensionar los cambios que ya estamos viviendo.

El ciclo que transforma nieve en hielo

Todo comienza en las zonas altas donde la precipitación en forma de nieve supera la pérdida por fusión o evaporación. En la Patagonia, esto ocurre principalmente en la cordillera, donde los vientos húmedos del Pacífico descargan enormes cantidades de nieve sobre la vertiente occidental y, en menor medida, sobre el lado argentino.

La nieve fresca es liviana y esponjosa, llena de aire. Con el paso de los años, nuevas capas la van compactando. El peso de la nieve acumulada expulsa el aire y transforma los cristales en gránulos más densos llamados firn. Cuando la presión y el peso son suficientes, el firn se convierte en hielo glacial, un material que fluye lentamente como un río extremadamente viscoso.

Este proceso puede tomar décadas o siglos. Un glaciar no es hielo estático: se mueve. En su interior, el hielo se deforma bajo su propio peso y avanza hacia abajo por gravedad. En la superficie, grietas y seracs dan testimonio de esa dinámica constante.

El equilibrio frágil entre acumulación y ablación

Un glaciar se mantiene estable cuando la cantidad de hielo que gana en su zona de acumulación (alta) es igual a la que pierde en su zona de ablación (baja), donde se derrite o se desprenden icebergs. La línea de equilibrio marca el límite entre ambas zonas. Si esa línea sube de altitud durante varios años seguidos, el glaciar comienza a perder masa neta.

En la Patagonia, muchos glaciares tienen una zona de acumulación que depende de la nieve que cae en invierno y de la preservación que brindan las bajas temperaturas. Cualquier alteración en estos dos factores los desequilibra.

Por qué se están derritiendo más rápido

El principal responsable es el aumento de la temperatura global, pero no actúa solo. En los últimos 40 años, los glaciares patagónicos han mostrado una pérdida de espesor y retroceso generalizado, con excepciones notables como el Perito Moreno, que mantiene un balance relativamente estable por razones topográficas particulares.

El agua más cálida de los océanos erosiona los frentes de los glaciares que terminan en fiordos o lagos. Este “derretimiento basal” es mucho más eficiente que la fusión superficial. Además, la reducción de la capa de nieve que antes reflejaba gran parte de la radiación solar (efecto albedo) hace que las superficies oscuras absorban más calor, acelerando el proceso.

Otro factor menos visible pero crítico es el aumento de las precipitaciones líquidas en lugar de nieve en las zonas marginales de los glaciares. En vez de sumar masa, esa lluvia contribuye al derretimiento. Estudios de organismos ambientales internacionales han documentado que la pérdida de masa de los glaciares andino-patagónicos se ha acelerado notablemente desde principios de siglo.

Impactos que van más allá del hielo

Cuando un glaciar pierde masa, libera agua dulce que altera la salinidad y la temperatura de los fiordos patagónicos. Esto afecta cadenas alimentarias enteras, desde el fitoplancton hasta las poblaciones de peces y mamíferos marinos. En tierra, el retroceso deja expuestas morenas y suelos que tardan siglos en colonizarse nuevamente con vegetación nativa.

Los ríos que nacen de glaciares sufren variaciones en su caudal. Al principio pueden aumentar el flujo por el derretimiento extra, pero a mediano plazo, cuando el glaciar se reduce demasiado, el caudal disminuye, afectando la disponibilidad de agua en regiones áridas del este andino.

Lo que podemos observar en la Argentina

El Parque Nacional Los Glaciares, declarado Patrimonio de la Humanidad, es un observatorio natural de estos procesos. Mientras el Perito Moreno se mantiene relativamente estable gracias a su dinámica de avance y desprendimiento cíclico, glaciares vecinos como el Upsala o el Viedma muestran retrocesos visibles incluso en escalas de pocos años.

En la zona norte de la Patagonia, glaciares de menor tamaño en el área del Lanín y el Tronador también evidencian pérdida de superficie. Estos glaciares más pequeños son especialmente vulnerables porque tienen menos “inercia” y responden más rápido a los cambios climáticos.

Mirar con asombro y actuar con urgencia

Los glaciares no son solo reservas de agua congelada del pasado. Son indicadores vivos del estado del sistema climático. Cada metro de retroceso cuenta una historia de cómo las temperaturas están modificando paisajes que parecían inmutables.

Entender su formación nos permite valorarlos. Comprender su derretimiento nos obliga a preguntarnos qué tipo de planeta queremos dejar. La buena noticia es que aún hay tiempo de mitigar los peores escenarios si reducimos drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero y protegemos los ecosistemas que ayudan a estabilizar el clima local.

El próximo verano, cuando mires una foto o visites la Patagonia, recordá que debajo de ese azul profundo y ese blanco imponente hay un proceso dinámico que lleva miles de años en marcha… y que ahora, por primera vez en la historia reciente, la mano humana está inclinando la balanza de manera decisiva.

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